Portal de San Vicente Pallotti

“Busca a Dios y encontrarás a Dios. Busca a Dios en todas las cosas y encontrarás a Dios en todas las cosas. Busca a Dios siempre y encontrarás a Dios siempre.

Biografía:

Vincenzo Luigi Francesco Pallotti nació en Roma en 1795, hijo de Pietro Pallotti y María Maddalena de Rossi Pallotti. Su padre era de Norcia y su madre de Roma; fueron empresarios, dueños de mercados en la ciudad, y también eran católicos muy devotos. La vida de fe en la familia fuertemente marcó la visión del mundo de San Vicente. De su hogar, aprendió a amar y valorizar la caridad, la oración, los sacramentos y a evitar el pecado. De su juventud, tenía un fuerte deseo de ser sacerdote; jugando, se imaginaba dando misa en su iglesia parroquial. Empezó a tener una gran devoción a la Virgen María y un gran amor a su ciudad natal, Roma, y a sus ciudadanos, especialmente los más humildes.

En 1818, fue ordenado sacerdote en el pueblo de Frascati y celebró su primera misa. Era profesor de Teología en la Universidad La Sapienza y se preocupó de la vida espiritual de sus estudiantes, escuchando confesiones y organizando grupos y charlas para aportar a una sana vida social. Predicaba en las calles de Roma, escuchaba confesiones por largas horas y ayudaba en causas de caridad. Él se preocupó de la situación económica de los pobres de Roma, organizando escuelas de noche para niños, organizaciones gremiales de pequeñas empresas y talleres de nuevos métodos de cultivo para campesinos. También trabajo en liderar retiros espirituales para oficiales del ejército y la nobleza, exigiéndoles que usen su posición y fortuna para la gloria de Dios.

Pocos años después, dejó su cargo de profesor para trabajar como director espiritual de seminaristas entrenando para ser misioneros en el Colegio Urbano de la Propagación de la Fe. Ahí se inspiró mucho del celo misionero de los estudiantes. También aceptó la rectoría de la iglesia napolitana en Roma, la iglesia Santo Spirito. Allí se ganó el cariño de los fieles por sus excelentes sermones y atención a los problemas de la vida diaria de la gente, pasando largas horas en el confesionario escuchando confesiones. Antes de su llegada, la iglesia se encontró en una situación grave, con muchos daños materiales y problemas financieros. Pero el duro labor de Vicente ayudó a estabilizar las finanzas y restaurar completamente la iglesia. Aun así, encontró dificultades; sus curas adjuntos lo odiaban por envidia, siempre buscando humillarlo y socavarlo. Sin embargo, Vicente nunca buscó vengarse, siempre tratándolos con respeto, y aceptó sus acciones como una forma de ofrecer a Dios su dolor por la salvación de las almas.

San Vicente siempre tenía el deseo de evangelizar a todo el mundo, pero sabía que solo él y el clero no podían traer a todo el mundo a conocer a Jesucristo. Por eso, en 1835, fundó la Unión del Apostolado Católico, un grupo que unió al clero, laicos y consagrados a trabajar juntos por la evangelización del mundo. También fundó la Sociedad de Apostolado Católico, la comunidad para los padres y hermanos que quisieron formar parte de la unión. Siguió su labor en la ciudad de Roma, ayudando a los fieles en sus problemas espirituales y a veces materiales. Finalmente, en enero de 1850, después de un largo día en el confesionario sin chaqueta (se la dio a un pobre sin abrigo), se enfermó y murió. Fue declarado venerable por el Papa León XIII, beatificado por el Papa San Pío XII, y santo por el Papa San Juan XXIII. Su tumba hoy está en la iglesia de San Salvatore Onda, la iglesia de los Palotinos en Roma.

Espiritualidad:

La espiritualidad de San Vicente se basa en la caridad y el celo evangelizador. El lema de él era “La caridad de Cristo nos urge,” urgiendo no solamente ayuda material, pero también espiritual. Ahí es donde aplica el celo evangelizador, reconociendo la necesidad del mundo de escuchar la buena noticia del evangelio y la responsabilidad que tienen todos los católicos de compartir su fe con los demás. Su visión enfatiza el llamado de ser apóstoles de todos los católicos. Esta visión marcó a la iglesia, especialmente influenciando el énfasis del Segundo Concilio Vaticano en el llamado de todos los laicos a ser apóstoles y llevar el evangelio a todo el mundo.