Discernimiento Vocacional
“Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo padre.”
-Lumen Gentium
¿Qué es una vocación?
La palabra vocación tiene en su raíz el término latino “vocare”, que significa llamar. En esencia, una vocación es un llamado de Dios que conduce a la santidad y al servicio de los demás. En la Iglesia, la vocación adopta diversas formas, pero para todas las personas existe una vocación universal a la santidad que consiste en crecer en la relación con Dios.
¿Como saber que es mi vocación?
El proceso de descrubrir la vocación se llama discernimiento. Rara vez es instentaneo y suele ser mas un proceso a largo plazo que se realiza por -
La oración - Especialmente en preguntar a Dios, “que quieres para mi vida?”
Leer la biblia - Mirar como Dios llama a gente a ser su voluntad en la historia de salvación
Dirección espiritual - Hablar con un sacerdote o hermana que te ayuda guiar en tu camino
Silencio - Crear el espacio para escuchar la voz de Dios
Las vocaciones de la Iglesia Católica:
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En el mundo de hoy, el matrimonio es frecuentemente considerado como simplemente un contrato legal o un simple acuerdo social.
Pero la iglesia tiene una visión distinta, viendo al matrimonio como una sagrada vinculo de amor, una unión que fue instituido por Dios desde la creación y elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento (Mateo 19:6).
Para que un matrimonio sea considerado válido y sacramental por la iglesia, la pareja debe dar su consentimiento basándose en cuatro pilares:
Libre: Ambos deben casarse por voluntad propia, sin presiones ni miedos externos.
Total: Es la entrega de toda la persona. No es un "te doy una parte de mí", sino un "me entrego por completo".
Fiel: Se comprometen a la exclusividad mutua hasta la muerte ("Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre").
Fecundo: La pareja debe estar abierta a la vida, es decir, aceptar a los hijos que Dios les envíe y educarlos según la fe.
La Iglesia enseña que el matrimonio tiene dos propósitos inseparables que no pueden excluirse:
El fin Unitivo: Fortalecer el amor, la ayuda mutua y la santificación de los esposos. El matrimonio es el camino para que el esposo y la esposa se ayuden mutuamente a llegar al Cielo.
El fin Procreativo: La cooperación con Dios en la creación y educación de nuevas vidas.
Una de las enseñanzas más profundas (basada en la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II y las cartas de San Pablo) es que el matrimonio es un signo visible del amor invisible de Dios.
Así como Cristo ama a su Iglesia y dio su vida por ella, los esposos están llamados a amarse con ese mismo nivel de sacrificio y entrega.
El Catecismo llama a la familia la Iglesia Doméstica. Esto significa que el hogar es el primer lugar donde se vive el Evangelio.
Los padres son los primeros catequistas de sus hijos.
En el hogar se aprende el perdón, el servicio y la oración.
Tambíen es importante emfatizar que para la iglesia, el vinculo matrimonial es indisoluble. Para apoyar a este reto grande, Dios otorga a la pareja gracia sacramental para que la union puede durar todos los desafios que viene durante la vida.
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La esencia de la vida consagrada es el "Sequela Christi" (seguimiento de Cristo). Mientras que todos los cristianos deben seguir a Jesús, los consagrados lo hacen de una manera radical, buscando imitar su estilo de vida lo más cerca posible. Es un don de Dios por medio del Espíritu Santo a su Santa Iglesia.
Cuando una persona se quiere consagrar al señor y vivír una vida de imitación a Jesucristo mas intencional, tiene que hacer los tres votos o promesas. Ellos son:
1) Castidad:
Libera al corazón para amar a Dios y a los demás sin exclusividades.
2) Pobreza:
Significa que la persona reconoce que Dios es su única riqueza. Implica una vida sencilla y la dependencia de la comunidad o de la Providencia.
3) Obedencia:
Es la entrega de la propia voluntad para buscar, junto con la comunidad y los superiores, la voluntad de Dios en todo.
Hay cinco formas principales de de vivir la vida consagrada:
1) Vida religiosa:
Es la más común (órdenes y congregaciones). Viven en comunidad, visten un hábito y tienen una misión específica (enseñar, curar, rezar)
2) Institutos seculares:
Personas que viven en el mundo, tienen trabajos normales y no viven en comunidad, pero están consagradas por votos. Son "levadura" en medio de la sociedad civil.
3) Vírgenes consagradas:
Mujeres que viven en el mundo y son consagradas por el obispo. Son una de las formas más antiguas de la Iglesia.
4) Ermitaños:
Personas que viven en soledad, silencio y oración para alabar a Dios y salvar al mundo.
5) Sociedades de Vida Apostolica:
No son estrictamente "vida consagrada" por sus votos, pero viven en común y tienen un fin apostólico (como los Padres de Maryknoll).
La vida consagrada es un anuncio de la gloria del cielo, es un testamento que el ser humano puede ser plenamente feliz solo con el amor de Dios.
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El sacerdocio constituye un don extraordinario de Dios para la humanidad. Los presbíteros hacen presente en la tierra la gracia y el amor divino mediante la celebración de la Eucaristía, la proclamación del Evangelio, el perdón de los pecados, la celebración del matrimonio, la unción de los enfermos y el bautismo. Sin estos ritos, la salvación resultaría inalcanzable; por tanto, la relevancia del sacerdote como mediador para conducir a los fieles hacia la vida eterna es absoluta.
En la época contemporánea, el sacerdocio suele ser objeto de estigmatización. Resulta ajeno al imaginario actual comprender por qué un hombre optaría deliberadamente por una vida de castidad y obediencia (y de pobreza, en el caso de los religiosos). En la América Latina actual, el sacerdocio se percibe en ocasiones como una ocupación pusilánime o insensata, debido a que las tendencias lúbricas y materialistas imperantes nublan el juicio e impiden valorar la auténtica y masculina belleza de la vida sacerdotal. Se argumenta con frecuencia que la institución es anticuada, antinatural o carente de fundamento bíblico. Nada más alejado de la realidad.
A través de diversas culturas, las religiones organizadas han contado siempre con una clase sacerdotal que posee un acceso privilegiado a lo divino. Es inherente a la naturaleza humana el distinguir lo sagrado mediante el rito, y Dios ha ordenado nuestra naturaleza con ese propósito. Observamos este fenómeno en la vida civil y cotidiana: los protocolos específicos para ciertos eventos comunican que algo excepcional está ocurriendo. Aquellos que poseen un conocimiento profundo de estos rituales, debido a su formación y estilo de vida, son los encargados de ejecutarlos. El ritualismo y el sacerdocio son naturales a la condición humana.
A lo largo de la historia de la salvación, las Sagradas Escrituras revelan cómo Dios instruyó a la humanidad a través del pueblo de Israel, ordenando la existencia de un grupo que, por su modo de vida y estudio, se consagrara a Él y oficiara los ritos litúrgicos del judaísmo temprano. Esta estructura religiosa no fue abolida por Jesucristo, sino transformada, para que Su Iglesia contara con hombres capaces de celebrar los sacramentos en pos de la salvación universal. Todo lo prefigurado en la Antigua Alianza halla su cumplimiento en Cristo.
Dado que Cristo, mediante su pasión, muerte y resurrección, ha provisto la justificación necesaria, los sacramentos permiten el acceso a las gracias requeridas para recibir, mantener o recuperar dicha justificación bautismal. Su sacrificio redentor en la cruz se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia. Lo mismo ocurre con el sacerdocio único de Cristo: aunque solo Él es el verdadero sacerdote ante el Padre, los presbíteros en la tierra son sus ministros y actualizan los efectos de ese sacerdocio único. Es el medio por el cual Cristo continúa edificando y guiando a su Iglesia, razón por la cual la participación en este ministerio es, en sí misma, un sacramento: el Orden Sagrado.
Naturaleza y Función del Sacramento
Los hombres son ordenados mediante el sacramento del Orden. Es imperativo recordar que los sacramentos son definidos por la Iglesia como signos sensibles (palabras y acciones) que comunican la gracia salvífica. El Orden Sagrado transmite la misión confiada por Cristo a sus apóstoles —predicar, bautizar y pastorear—, permitiendo el ejercicio del ministerio apostólico hasta el fin de los tiempos. Este sacramento está orientado primordialmente al servicio y a la edificación eclesial.
Si bien existe un sacerdocio común de los fieles en el que todos participan por el bautismo y la confirmación, el sacerdocio ministerial es ejercido exclusivamente por varones bautizados que son consagrados en nombre de Cristo. En la figura del sacerdote, Cristo mismo se hace presente como Cabeza de su Cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote y Maestro de la Verdad. Por ello, la Iglesia afirma que el presbítero actúa in persona Christi Capitis.
No obstante, esto no exime a los sacerdotes de las debilidades humanas, las tentaciones, el error teológico o el pecado. Aunque los sacramentos celebrados por un ministro indigno conservan su eficacia, las acciones reprobables de los clérigos lesionan la fecundidad apostólica de la Iglesia. El ejercicio de la autoridad sacerdotal debe medirse siempre bajo el modelo de Cristo, quien por amor se hizo el servidor de todos. Para discernir si un sacerdote ama a Dios, basta observar si ama a su grey.
Disciplina y Fundamento Bíblico
En la Iglesia Católica de rito latino, los sacerdotes son varones celibatarios. Mantienen el celibato como promesa de entrega total e indivisa a Dios y a su Iglesia (su esposa). El celibato, aceptado con gozo, irradia el Reino de Dios, pues el corazón halla su plenitud en la donación absoluta. Asimismo, son varones porque el Señor eligió únicamente a doce apóstoles varones, quienes a su vez eligieron sucesores hombres. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión soberana de Cristo.
La prerrogativa de los sacerdotes se fundamenta ampliamente en las Escrituras:
La Celebración de la Eucaristía: Presente en los Evangelios Sinópticos (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19), donde Cristo ordena a los Doce partir el pan y beber el vino en su memoria. San Pablo refuerza esta concepción en la primera carta a los Corintios (1 Cor 10,16) y en los Hechos de los Apóstoles (2,42), evidenciando una comunidad dedicada a la "fracción del pan". El discurso del Pan de Vida en Juan 6 es taxativo: Cristo es el pan de vida, y participar de su carne es requisito para tener vida en abundancia.
El Perdón de los Pecados: Tras la resurrección, Jesús confiere a los apóstoles la facultad de perdonar o retener pecados (Jn 20,23). A Pedro se le otorga el poder de atar y desatar (Mt 16,19), fundamento del sacramento de la Reconciliación.
La Predicación y Autoridad Apostólica: Cristo comisiona a los apóstoles de manera exclusiva para enseñar y bautizar a todas las naciones (Mt 28,19-20). Funda su Iglesia sobre Pedro (Mt 16,18) y les otorga los dones del Espíritu Santo (Jn 20,22). En los Hechos de los Apóstoles se observa el ejercicio de esta autoridad para definir la disciplina en materia de fe y moral, así como la imposición de manos para delegar el ministerio (Hch 6,6; 9,17).